Confesiones de una diva espiritual y materialista

Seis objetos que cambiaron mi vida.

(Originalmente publicado en mi Substack el 20 de Mayo del 2026)

No me apena admitir que contengo multitudes y contradicciones. Reconozco y acepto que amo los grandes placeres de la vida y las cosas de buena calidad. Marx no sabía lo que era caminar durante horas por una plaza comercial, ni mucho menos había experimentado llenar el carrito en línea para dejarlo inconcluso indefinidamente.

Sé que mi gusto supera en gran medida mi presupuesto y aborrezco las telas de poliéster baratas (porque sudo y porque me saca de quicio su textura) y odio con toda mi alma comprar cosas que se rompen porque están mal hechas. Detesto las baratijas de la TikTok Shop y los dupes que claramente no son un buen reemplazo del original. En parte, es porque sé que todo está hecho de petróleo y que el mundo se está acabando, así que si vamos a usar recursos no renovables, que al menos valga la pena la muerte de los dinosaurios.

Si yo fuera emperatriz del mundo, todos tendríamos derecho a tener objetos bellos y funcionales que nos hicieran felices.

Y también lo admito… quiero una Birkin… de segunda mano porque no pienso participar en el torcido juego absurdo de Hermès.

Los objetos dicen mucho de quienes somos como personas. También hablan de patrones sociales más amplios que responden a la ‘raza’, la sexualidad, las historias personales y colectivas, etc., etc., etc. Pienso en la etnografía My Life with Things: The Consumer Diaries, en la que la antropóloga Elizabeth Chin registra las cosas cotidianas que consume mientras reflexiona sobre cómo el acto cotidiano de comprar y adquirir objetos se relaciona con entramados complejos.

Sin afán de influir ni de poner links de afiliado, te comparto algunos objetos que han cambiado mi vida y que uso cotidianamente. Te invito a pensar en los tuyos también. Y a tomar decisiones más intencionales en este infierno capitalista-consumidor en el que vivimos.

1. El lip oil de Clinique.

Black Honey de Clinique es una línea icónica, muy de las chicas noventeras, y tuvo su auge con la modita clean girl. Empecé a usar el Almost Lipstick hace unos tres años; es similar a un bálsamo ligero. Probé los dupes (de Nivea, Labello, Beauty Creations) y ninguno me gustó. Me encantó el lip oil y uso el tono Nude Honey (que es menos oscuro que el original y más parecido al tono natural de mis labios).

Se ha convertido en mi bálsamo/hechicito cotidiano. Lo uso para hidratar mis labios mil veces al día y también como blush. Lo que me gusta es que da una apariencia natural que dura casi todo el día y me hace sentir menos pálido y con más vida. Amo que no tenga fragancia y que no me irrita en absoluto.

2. El aditamento de bidet para mi baño.

Yo soy del equipo de las #PerrasQueSurran y cada que estoy lejos de mi casa, lamento no tener mi cosita bidet. Es básicamente un artefacto que se pone antes del asiento en la taza del baño y tiene un chorro sencillo al que se le puede ajustar la potencia y la posición. Mi amigo Dani me influenció para que lo probara y no he vuelto a mirar atrás desde que lo compré. Además de usar menos papel, me siento más #fresh. Así que diré que también soy #ecofriendly #green. (Deberíamos regresar a usar hashtags, pero esa es una conversación para otro artículo).

Mi sueño es tener de esas tazas de baño japonesas que hasta se les puede controlar la temperatura y que echan airecito para secarte la cola. Por ahora me conformo con mi deste.

3. Que todos mis platos sean de cerámica.

En mis épocas de estudiante fui acumulando varios platos de plástico. Con el tiempo y el uso, naturalmente, se fueron desgastando hasta el punto de que se veían los cortes de cuchillos y ya no se veían lindos. Cuando empecé a vivir solo, me di cuenta de que me deprimía comer en esos platos. De por sí, comer solo con un video de YouTube ya es algo triste y usar platos desgastados lo hacía peor.

Un día, en una de esas manías que me dieron después de leer el libro de Marie Kondo, decidí esconder todos los platos de plástico (no los pude tirar porque sigo teniendo tendencias acumuladoras). Desde entonces no he vuelto a mirar atrás.

Con el paso de los años, he coleccionado platos que me gustan. Me encanta cazar ofertas en tiendas departamentales y de insumos para restaurantes. No me interesa tener una vajilla igual; encuentro belleza en la variedad y detesto que me digan qué hacer. Ahora, hasta cuando como pizza de Little Caesars, soy feliz porque el plato es bonito.

4. Mi bolsa enorme de piel.

Sigo queriendo mi Birkin, pero por mientras, decidí conseguir una buena bolsa de piel. Éticamente, siempre será mejor comprar piel vintage, pero no pude encontrar lo que necesitaba y me terminé decidiendo por una tote bag de piel teñida con tintes vegetales verdes de una marca escocesa (ahora difunta) Linden is Enough, que operaba con prácticas de comercio justo y cadenas de suministro éticas.

Lo que más me gusta de mi bolsa es que es gigantesca y la puedo usar para cualquier cosa. La he usado como bolsa del súper, como bolsa del diario, como objeto personal en un vuelo y es la bolsa que uso en mis torneos de Pokémon (vivo muchas vidas y puedo hablar de esto después).

Lo que más amo de haber invertido en una bolsa de buena calidad es que me va a durar mucho tiempo (la limpio y humecto cada mes o cuando se moja). Pero sobre todo, amo ver cómo se desarrolla la pátina.

‘Pátina’ me parece una palabra bellísima y con un significado hermoso. Básicamente, son las marcas que se forman en objetos (de metal, madera o piel) por el uso cotidiano. Son las manchas que salen por la corrosión, por el sudor, por raspones, por dobleces, porque la tuve que poner en el piso, aunque me da ñáñaras, porque es de mala suerte. Mi bolsa empezó siendo verde jade brillante y ahora tiene partes más oscuras, que se parecen al verde pino.

Espero llegar a comprar mi Birkin de segunda mano con la mona esa de TikTok (la de Love Luxury) con esta bolsa a mi lado.

5. Hackear mi Kindle para liberarla de las garras de Jeff Bezos.

Tengo mi Kindle desde el 2018. Durante muchos años fue la única forma en que consumía libros, pero conforme pasaban los años tuve una racha de solo leer en libros físicos o en mi iPad porque me daba flojera cargar los libros al Kindle (porque navegaba por los mares del internet, guiño, guiño, tampoco le iba a dar dinero a Jeff Bezos). En general, creo que un lector electrónico es una gran forma de leer. Es conveniente, cómodo y fácil de usar. Me encanta poder leer al sol o por la noche sin dificultad alguna.

Volví a mi era Kindle a finales del año pasado cuando me topé con contenido sobre cómo hacer jailbreak (hackear para borrar las credenciales de los dueños del software y tener más libertad en el uso de dispositivos electrónicos). Ahora ya no tengo que soportar los anuncios de Amazon ni ver los screensavers nadaqueverientos. Puedo personalizar los gestos para cambiar de página, descargar libros a través de un servidor personal sin tener que conectar mi Kindle a mi computadora y muchas cosas más.

Ahora Jeff Bezos no puede decidir qué hacer con mi aparatito.

Ahora Hello Kitty, Miss Piggy y Vegeta cuidan mi Kindle mientras no lo uso. Y eso me hace feliz.

6. La cremita Nivea de tapa azul.

Mentí un poco al inicio. Si hay algo en lo que quisiera influir en la humanidad, es en que utilicen la crema Nivea de tapa azul. Llevo unos cuatro años usándola a diario después de que una química de TikTok comparara ingredientes y viera que es muy similar en ingredientes y formulación a una crema carísima de La Mer.

Utilizo esta crema casi todas las noches, después de bañarme o lavarme la cara, y ahora siento que mi piel está mucho más hidratada. Me pongo una plasta gigantesca en la cara y en el cuerpo hasta que parezco Faye Dunaway en Mommie Dearest y así me voy a dormir.

Junto con el agua de rosas, es algo que no puede faltar en mi rutina de skincare.

Aparte, el color azul del bote se me hace tan cunt.

Para finalizar, retomo mi idea anterior y me gustaría exhortarte a que pienses en los objetos y cosas que te dan felicidad.

No tienen que ser cosas caras. Pero sí bellas y de buena calidad.

Merecemos una vida bonita.

Y (con todas las contradicciones que eso implica) que el capitalismo rampante caiga.

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